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Leyenda Origen de Contamana

Leyenda Origen de Contamana

Información general de: Leyenda Origen de Contamana

  • Departamento: Loreto
  • Provincia: Ucayali
  • Distrito: Contamana
  • Dirección o Referencia:
  • Categoría: Folclore
  • Tipo: Creencias Populares
  • Subtipo: Leyendas
  • Jerarquía: No aplica

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Descripción

Allá en épocas remotas, perdidas en las brumas del tiempo, aquel río Ucayali se llama APU – PARU, discurría silenciosamente por la selva, absorto en profundas meditaciones del porvenir. Otros de su tribu, a quiénes reveló sin ser creido por ellos el secreto de lo que había visto en la playa. Pero esos compañeros tambiën se convencueron que aquella diosa del agua, con sonrisa de Gioconda. ¡Oh insigne Leornardo, como no la viste tú! existencia realmente y que pondrían alguna vez ser favorecidos por su cariño. Y al unísimo, alentado por tal obsesíon, acordaron quedarse en la playa la que, desde ese momento, ganó por sortile Las playas habían echo su encantadora aparición. Una de ellas gigantescas y reluciente, erala preferida del río que la comtemplaba todos los días con inefable fricción espiritual. Nacida en su ribera derecha, era aquella duna un angel de alabastro que absorbia sedienta, lñas aguas del cielo; recibía paciente y resignada, los rayos del sol y dormía jubilosa, arrullada por los reflejos de ls luna. El río sentía por ella un tierno cariño; y cada instante la abrumaba con sus ósculos de cristal. Una noche en que el Ucayali repopsaba blandamente y cuando el astro plateado del firmamento sonreía feliz al ser acariciado por las brisas celestes, emergió orlada de gloria, de sus lechos de aguas la Sirena Tropical esbelta Yacumama que reclinändose en la alfombra blanda y mullida de la playa, se abandonó en dulces fantasías. No obstante parecía que estaba triste, en aquel páramo de arena. Llevaba en sus morenas y sedosas manos una preciosa palmera a la que perfumabacon sus besos de ambrosía, escondiendo de rato su divino rostro entre las hojas de la palmera. Pensativa y angustiada dijo para si: «Muchas veces siento frío y me aburro en mi lecho fluvial a pesar de las comonidades que me brinda el río». Deseo expansionarme conociendo nuevos mundos. Recibiendo suaves brisas que ilusiones mi espíritu. Ya mis palacios parecen vacíos a mi alma soñadora. Quiero ver también el sol cuyos rayos solo miro a través de gotas finas ee agua. Pero miedo de esos rayos afectan mi delicada piel y hagan perder el brillo de mis ojos. Una sombra acogedora y bondadosa es lo que necesito para mirar la Luz del día en este ambiente. ¡Me siento tsn sola! ¡Anhelo matizar mi vida con ensueñosy fantasís de amor, bajo este cielo inmaculado como mi corazón!. Luego dando un suspiro prolongado, cavó una fosa en la playa plantó la palmera que llevaba, hablandole asi: ¡Gracil y bella palmera!. ¡Crece al calor de mis besos, al calor de mis caricias y al rocío de mi llanto! y comenzó a llorar inconsolablemente, humedeciendo con sus lagrimas la palmera, a la que volvio a decir: «Estas lágrimas que hoy derramo con tanto sentimientoy que son las primeras de mi vida, conviértelas más tardes. con el poder que te doy, en frutos sabrosos con venas blancas, con mis perlados diente». Despues echándose en la arena y abriendo con languidez sus finos brazos. miro con atención una luciérnaga que paso muy cerca de ella, para luego quedarse profundamente dormidasoñando con el río y la luna. La palmera creció lozana regada todas las noches por las lagrimas de la diosa que la había consagrado su amoroso cuidado como saacrificio santo y abnegación sublime. Ahora ya solía recostarse voluptuosamente, aún en pleno día y con el sol, a la sombra de ella. Cierto día al apuntar el crepúsculo vespertino bajaba un shipibo en su canoa por las tranquilas aguas del Ucayali. y el hado le concedió ver a la sirena que dormïa al pie de la solitaria palmera. Quedó el salvaje, deslumnbradoal contemplar belleza tan singular. Y salio presurosamente a tierra para verla mejor. Pero la doncella del agua al sentir el ruido de los pasos del visitante despertóse y corrio veloz al río. Escondiendo; pudorosa sus senos turgentes; quedando lejos, después aquel hombre, la seguía ansioso y jadeante, por todo a premio, una mirada dulce y esquiva para, enseguida perderse en las aguas como un pez.

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