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Los Huesos Malignos del Abuelo

Los Huesos Malignos del Abuelo

Información general de: Los Huesos Malignos del Abuelo

  • Departamento: La Libertad
  • Provincia: Pataz
  • Distrito: Urpay
  • Dirección o Referencia:
  • Categoría: Folclore
  • Tipo: Creencias Populares
  • Subtipo: Mitos
  • Jerarquía: No aplica
  • Altitud: 2688 m s. n. m.

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Descripción

Este mito trata de lo que le aconteció a un señor llamado Leoncio. Cierto día él iba de viaje a pie acompañado por su hijo Clemente, quienes tenían que atravesar un camino agreste. Venían del distrito de Taurija e iban en dirección al distrito de Urpay, descendieron por el fondo del río Arankante, que dividía a ambos pueblos y luego cruzaron y empezaron a ascender hasta lo más alto de una colina por un camino zigzagueante y abrupto. En la cima de la montaña había tumbas y ruinas. Leoncio le preguntó a su hijo: «¿Ves los huesos que abundan por este camino?». Clemente, que también se había percatado de este hecho, movió la cabeza en señal de afirmación.» Pues muy bien, hijo mío” continuó Leoncio. “Debes tener mucho cuidado con pisarlos o tropezarte con ellos, mucho menos pensar en patearlos. Ya que son huesos malignos de ancianos, son muy peligrosos y dañinos. Estos huesos por algún artificio del demonio, a las cinco en punto de la tarde, comienzan a moverse, chasqueando el aire; buscan a sus posibles víctimas y cuando llegan a las casas de éstos, empieza para ellos un terrible tormento: tienen pesadillas con ancianos decrépitos y monstruos, luego empiezan las enfermedades incurables, como las llagas y heridas en todo el cuerpo, ronchas enormes, provocando así la muerte si es que no son tratadas a tiempo por algún sabio chamán.” Debido a su corta edad, esta narración le pareció a Clemente tonta y absurda, por lo que no hizo caso a la advertencia que le hacía su padre. Cuando Leoncio tomó la delantera en la subida, Clemente se topó con unos huesos al lado de una pirca de piedras, cerca al camino, y sin que su padre se dé cuenta, les pegó una patada con el pie derecho lanzándolos muy lejos. Y se dijo a sí mismo: «Lo hecho, hecho está. ¿Qué de malo me puede pasar?» Y cínicamente retomó la caminata detrás de su padre. Luego de una hora de camino ya estaban en la casa de un familiar donde se hospedaron. Por la noche Clemente empezó a tener pesadillas escalofriantes. Veía a un anciano con varios perros flacos pero feroces, que le ladraban y reclamaban por haber pateado sus huesos. Por la mañana, al despertarse, empezó a sentir un leve dolor en la punta del pie, con el cual justamente había pateado los huesos. Cuando lo revisó se dio cuenta que se le comenzaba a hacer una llaga con mucho pus. Su padre al enterarse de esto, lo llevó a la posta, donde le operaron y le limpiaron todo el pus. En un primer momento parecía que se iba a curar, pero en unas cuantas horas volvió a hacerse llaga, y por más curaciones que le hacían no conseguían cerrarla. Ante ello el padre recurrió al chamán del pueblo. Este sabio brujo les dijo que definitivamente la enfermedad provenía de la maldición de los huesos de abuelo. Y le hicieron declarar a Clemente dónde había tenido ese contacto con los huesos. Al principio se negaba a admitir lo que había hecho, pero como vio que no había otra alternativa, contó por fin que había pateado unos huesos por la subida a la montaña llamada Chunco. El chamán le dijo: «Si quieres que tu pie se sane, debes ir al lugar donde pateaste el hueso, lo buscarás y lo devolverás al sitio donde estaba, le pagarás al difunto con coca, cal y cigarros; luego te arrodillarás y le pedirás perdón, cuando termines de hacer todo eso, recién serás curado. Clemente asintió arrepentido, y estando aún convaleciente, con ayuda de su padre, fueron al lugar donde había ocurrido el incidente, siguiendo al pie de la letra todo lo que le había indicado que hiciera el chamán. Esa misma noche se regresaron a Urpay. Luego de dormirse, Clemente soñó otra vez con el anciano, quien esta vez tenía en sus manos la bolsa de coca que él le había dejado; lo vio chacchando y fumando alegremente. Vio luego que el anciano se alejaba sonriente, y sus perros lo seguían hasta que se perdían por detrás de una montaña. Por la mañana cuando despertó el dolor de su pie se había ido por completo y cuando revisó su llaga, milagrosamente había desaparecido.

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